sábado, 16 de diciembre de 2017

Dietario de sensaciones, 39



La melancolía es blancura que en las mañanas de invierno congela el paisaje. Es arenal que se extiende allá donde la vista alcanza. Es una persiana cuya cinta se ha soltado cuando estaba bajada. Es un reloj que señala una hora que no es la hora y que avanza hacia una jornada incierta. Es una bombilla que se ha fundido. Pero la melancolía es también la bombilla de repuesto que aguarda en el armario. La pila que el relojero cambia. La cinta que de nuevo se sujeta. Las olas que rompen a lo lejos. El sol que deshace el hielo.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Dietario de sensaciones, 38



Porque me interesan las metáforas, me gustan las manos. La única piel que no sabe guardar silencio. Con guantes en mañanas gélidas o pizpiretas bailarinas las tardes del verano, no descansan nunca. Tampoco hay apariencia que las engañe. Interpretan la realidad con la misma precisión con la que una pianista lee la partitura de una sonata. Y como la música, destilan armonía. Belleza y sentido. Se diría que dirigen el ritmo del paisaje: con un gesto el río fluye; con otro, el pájaro emprende el vuelo. Las manos, siempre didácticas, enseñan en su perpetua academia la caligrafía de las emociones.

martes, 12 de diciembre de 2017

Dietario de sensaciones, 37



Estoy a la espera. La tarde se enreda en sí misma y esparce azules luminosos entre los edificios. Me entretengo desenredándola mientras aguardo que empiece el tiempo en el instante en el que aparezca por la puerta. Trato de desenmarañar los nudos que han hecho los transeúntes en sus rumbos desorientados. O de destrenzar los ruidos del tráfico que se han acumulado en el aire sin voluntad. Son distracciones de quien espera y busca descubrir un sentido en la realidad que le rodea. Hasta que aparece y los propósitos se quedan junto al revoltijo en el que se habían convertido.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Coro de ausentes | YEDRA


La luz se desentiende en ocasiones
de iluminar y las paredes
languidecen, flor que se quedó
olvidada en el vaso seco.
Inarmónicos, los sonidos huyen
del lugar que los lanza y corren
confundidos por el pasillo
sin encontrar dónde caer exhaustos.

Son tardes en las que parece el tiempo

ceniza acumulada sobre
el círculo donde ardió la hoguera.
Cierro, entonces, los ojos.
Para ver, dejo de mirar. La luz,
tal como quiero contemplarla,
le dibuja lunares al sendero
bajo la umbría. Y para oír
lo que no oye nadie,
el canto de los pájaros que vuelan
de copa en copa.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Coro de ausentes | ÑAQUE


Unas cuantas palabras,
monedas dentro del hatillo
del vagabundo, bastan.
Las mismas, pocas. El aroma
a pan recién cocido,
la luz entre la fronda
una mañana de septiembre,
las campanadas de una ermita
al atardecer. Siempre ahí:
la fragancia de flores en el claro,
el crujir de una hogaza
al partirla, la luz que un ventanuco
filtra en el interior de la iglesuela.
Las palabras que expresan todos
los sentidos. Aquellos
que hay y los que la imaginación
crea. El olor de cirios apagados.
El concierto del bosque silencioso.
El bulto de los panes en la mesa,
su tenue resplandor.

martes, 5 de diciembre de 2017

«Paseo», de Jesús Aguado. En Luces de Gálibo



Aprendimos a pasear más o menos la misma tarde otoñal, a un lado y al otro del Atlántico. A uno y otro lado, también, de la civilización. Thoureau nos acompaña por los densos bosques de arces y Baudelaire nos enseña a vagar por la densa miseria en la cara oculta de la ciudad. Desde entonces, pasear es resolver un enigma. Jesús Aguado pasea por el campo y anota. Su mirada se detiene en lo que no se ve. En lo que no requiere tiempo. El lápiz, con idéntica levedad: «Escribo un haiku / en el arroyo breve / y se lo lleva».

domingo, 3 de diciembre de 2017

Encomio del charco


Me ve llegar, despacio, una sombra que las farolas iluminan y ensombrecen al caminar. Observa cómo paso junto a él, mirando a ninguna parte, ajeno al leve brillo con el que me retiene un instante sobre su cristal. Me ve alejarme calle adelante, un abrigo y una bufanda, las manos en los bolsillos, mientras una farola me alumbra y la siguiente, un poco más allá, ya promete un aluvión de luz. He sido un pensamiento suyo durante un momento, en la efímera vida que la lluvia de la mañana le ha dado. Acaso, este día, el más duradero y auténtico.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Coro de ausentes | QUIEBROS


Dibujos de la luz sobre la hierba
y sobre la arena.
Lápiz que traza líneas y curvas
y la goma las borra poco
a poco para que sombree
los objetos de nuevo en otras caras.
Y una vez atezado
el espacio, lo vuelve a corregir.
Suprime y se contiene.
Y no se cansa nunca en su tarea
de dibujar el aire.
A veces, por debajo de las copas
distribuye lunares sin rayar
que al instante siguiente cambian
de sitio. Dibujante inquieta,
a la intemperie, cuelga
sus obras en cualquier lugar.
También en el museo.
Y en los lavabos del museo.

martes, 28 de noviembre de 2017

Becqueriana / 122



Chapotea el agua contra la loza en la ducha. Ecos de una música suave llegan desde la radio. La cafetera está a punto de bullir y la tostadora se transforma en un verano para las rebanadas del pan. He dividido una mandarina en gajos que te esperan, todos menos uno, que ya no está. Abro el tarro de mermelada de arándanos y la luz enciende con abulia el día, como si fuera otro día más. Pero apareces en albornoz en la cocina y cafetera, mandarina, pan de centeno y yo nos damos la vuelta para ver cómo detienes el tiempo.

sábado, 25 de noviembre de 2017

«La librería», una película de Isabel Coixet


Hay un único destino posible. Ser uno mismo. No está escrito, cada uno lo escribe. A veces con trazo seguro y abundante tinta en la pluma, otras arañando el papel con el plumín seco. A veces con letra clara, otras con caligrafía imposible. Nadie lo escribe por otro, pero a veces ocurre que alguien o algo molestan la escritura, incluso impiden que se escriba. A diferencia de los clásicos, que padecían el grafómano oráculo de dioses prepotentes de autoría, la tragedia contemporánea prende cuando no se puede cumplir un destino por el antojo o mala fe de otro ser humano.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Becqueriana / 121



Solo es eterno el instante, la hora, el día. La eternidad es una magnitud del tiempo, que únicamente en el tiempo es capaz prender, crecer, extenderse. No hay nada eterno que dure más de un instante. Son los instantes los que, revitalizándolo, convierten en eterno un sentimiento. Cada despertar reanuda lo que se ha convertido en eterno cuando se le entregan los instantes. El momento en el que se piensa. Las horas durante las que arde en el deseo. El día que cada día se dedica a mantener viva una emoción. Una cenefa en tinta dorada que no conoce final.

martes, 21 de noviembre de 2017

Becqueriana / 120



Un disco que continúa girando cuando la aguja ha llegado al final, el tiempo. O cuando, en el inicio, nadie la ha colocado aún sobre el vinilo. Sin sonido, sin música, sin alma. Da vueltas. Es lo que mejor sabe hacer. Lo único. Y en ese rodar ciego, nosotros. Construimos el tiempo con el sonido de las palabras, con la música de los cuerpos, con el alma de la respiración. Un tiempo que abra los ojos y vea. Que sepa detenerse y avanzar. Que se ajuste a las sensaciones en lugar de a las horas y minutos. Un tiempo íntimo.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Becqueriana / 119



Solo algo de lo que decimos lo dicen las palabras. Una parte, no sé, «un tanto por ciento» dirá algún filósofo del presente, es decir, cualquier periodista o cualquier economista. Nosotros no decimos nada sobre lo que hemos dicho, simplemente decimos. A veces con palabras. Otras, las más locuaces, con gestos, sonrisas, apretones, miradas o caricias. Casi siempre las más, diría. Con la respiración decimos. Con el aroma del cuerpo. Con el tacto de los dedos. Con el baile de los brazos. Con el lenguaje adusto de las piernas. Y en ocasiones, también con palabras repetimos lo que hemos dicho.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Becqueriana / 118



La mejor biblioteca, un banco en el jardín público. Una pareja sentada frente a un único libro. Una mano sostiene las hojas que han leído; la otra, las que quedan por leer. A veces uno pregunta por una palabra, o le pide con un gesto que aguarde un instante a que acabe un párrafo. Son como notas a pie de texto que le añaden a la página que leen. En otras ocasiones canta un pájaro entre los árboles y se incorpora también a la lectura. Luego, cierran el libro, se levantan y de camino van explicándose lo que han vivido.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Coro de ausentes | ORACIONES


La ventana del cuarto me lo muestra.
Lo dibuja la luz con pulso firme,
la claridad lo colorea
con manchas de pintor impresionista
sobre un lienzo de arena.
Lo enseña, pero no lo entrega.
El espacio. El olor a tierra húmeda,
hojas dispersas por el cauce,
destello de limón maduro,
fragancia de las rosas
cuando amanece, sinfonía
caótica de pájaros, canción
de la lluvia en las cañerías
y en los cristales. El espacio
está en mí
aunque no lo posea. En mí pervive
si lo contemplo desde esta ventana.
No me muestra lo que estoy viendo,
sino aquello que soy.

lunes, 13 de noviembre de 2017

«La mirada», en FCE (díptico)



1 
Se ha de sostener en la mano, si acaso el libro se le lee. De ahí que empiece por el tacto la lectura. La mirada devuelve la leve aspereza del papel verjurado. El color del pliego, sábana donde el poema se acuesta, ahuesado. Casi atardecer de octubre sobre una pared blanca. Casi duna frente al océano de las guardas. La mirada ronda antes de detenerse. Se deja mecer por el libro. Antes del poema. Su exactitud en la página. El artesano modelar uno a uno, hoja a hoja. La precisión tipográfica. El paspartú de silencio, alrededor. La gratitud del carácter. 

2
Reunir poemas es pensarlos de nuevo. Elegirlos otra vez. Componer un paisaje con sus voces diversas. Armonizarlos. Un golpe de batuta sobre el atril que sostiene una partitura nunca escrita. Descoser los poemas de los viejos libros para tejer un libro nuevo. Y con el cambio de lugar, la mudanza de voz. Reunir junto a los poemas antiguos los poemas recientes es añadirle a la sinfonía que se sabe tararear pasajes que aún no se han escuchado. No basta, entonces, con pensarlo. Habrá que escuchar uno a uno a los miembros del coro para saber quién será ahora el solista.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Coro de ausentes | KILÓMETROS


El silencio, un pañuelo
blanco anudado al deseo con pespuntes
mínimos de color. El tinte azul
de quien respira, la tonalidad
cobriza de las horas
en un distante campanario,
el amarillo piar de pájaros
fugaces, el pigmento cálido
del roce de una mano
sobre la piel, la vibración
gris del papel cuando se pasa
de página o el susurro verde
de las copas de árboles frondosos
si el viento las agita.
Colección de sonidos que conservo
en un tarro de vidrio.
Contemplado al trasluz el que he elegido
me entrega en su silencio
las sensaciones que dan forma
al presente.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Coro de ausentes | FIGURAS


El río. Por la carretera,
en la otra orilla, el bulto
del autobús de línea
sobresale entre la vegetación.
Mientras circula ni da tiempo
a apreciar, en la ventanilla,
el rostro del viajero que contempla
lo mismo que estoy viendo.
El cauce oscuro, lenguas
de arena que lo pautan,
bosque de juncos. 
                            Enseguida
desaparece. Estoy solo, lanzando
piedras al río como quien remienda
metáforas en las palabras
que nadie quiere oírle usar.
El agua fluye con rumor
ilegible, el presente se desplaza
al otro lado con fragor mecánico,
la luz remite
y aquí sentado ni siquiera
puedo afirmar que permanezca.

martes, 7 de noviembre de 2017

2010 - «Un toldo rojo»



Chof. La cesta de mimbre en mitad de la corriente. Fuera cestas, clama Dylan Thomas, el barquero. Fuera manteles a cuadros. Paf, paf, aletea arrastrado por el viento. El remero ve volar su mantel favorito y rema. Fuera el termo lleno de hirviente té, brama colérico. Plaf. El timón enloquece con los desacompasados gestos. El aprendiz se aflige, atado al remo. Cuanto había preparado para la excursión en barca, ahora desperdigado por la superficie. El río, solo el río, vocifera el barquero con el pote del plumcake de zanahoria en la mano. ¡Fuera! Plas. Joaquim Manuel gime y sigue remando.

domingo, 5 de noviembre de 2017

2009 - «Ángel de las olas»



En cada esquina. Rua Curupati debería leer y no Cypress Road como lee. Y de vez en cuando él. El Inspector de Alcantarillas Harold Pinter. Barrio de Tristeza y no Forest Hill. Y súbita la tapa de un sumidero que se entorna y requiere. El muchacho, João Gilberto, asustado, lo entrega. Lo que sea. Una mano. Primero fue una mano y dejó de escribir cartas. Un pie. Ahora cojea por Trinity Street y en cada esquina busca el letrero —Avenida Guaíba— mientras el Inspector no emerja de un hueco y le solicite los ojos. Con los que continúa no viendo.

viernes, 3 de noviembre de 2017

2008 - «Alrededores del paraíso»



«Mamá, mamá —corría asustado por el pasillo—, me ha salido bigote». «¿Dónde, hijo?» «Mamá, en el espejo». Cada vez que José Luis se miraba, el cristal le devolvía la imagen de un señor con bigote, gesto melancólico, sombrero y gafas. Se quitaba sus gafas rectangulares y seguía contemplándose con las redondas. Un día le preguntó: «Y tú ¿quién eres?» Y el tipo del bigote le dijo algo de Campos, pero al día siguiente le respondió que un tal Reis. Y al otro que Caeiro, al otro que Soares, y así. «¿Eres persona?», se atrevió a plantearle. «Claro, chico listo».

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Coro de ausentes | UBICACIONES


Ha llovido mientras dormía. Lluvia
solitaria y desangelada, fúnebre,
sobre caminos que no cruza nadie.
Repiqueteo en el tejado,
alboroto en los vidrios, en las losas
y por los escalones que descienden
al huerto. 
            Quienes esperaban
cada día de sol su entrega
se acogen a las gotas con agrado.

Una lluvia nocturna, persistente,

trabajadora. Mientras
dormía ajeno al brillo
de la humedad
y al sonido. Mejor será decir,
pensando en otros brillos y en sonidos
que golpean el empedrado
del sueño. Pasos
que imagina quien duerme
solitario y desangelado,
aunque vital porque la lluvia
que no oye ni ve le abraza.

lunes, 30 de octubre de 2017

2007 - «La visita y otros libros»



Las paredes blancas, la tarde añil. La respiración de la piedra en el gorjeo de los pájaros. Sor Juana Inés sube las escaleras hacia la celda y el manteo suena con los acentos de un endecasílabo petrarquista. Ana los cuenta en voz baja: De la beldad-ad de La-laura ena-na-mora-ra-dos. Los cielos se abren como una inmensa A, principio y final. Ensimismada, la muchacha sigue el reflejo blanco de la monja por el corredor alto. Columna tras columna. Bajo un arco de medio punto desaparece. La voz de su madre desconcierta el cristal del tiempo: Ana, entregada la aportación. Nos vamos.

sábado, 28 de octubre de 2017

2006 - «Parménides»



«No lo entiendo, —se queja César, las botas de fútbol al hombro, meneándose los cordeles con los gestos de la protesta— si yo compro una botella de agua y una magdalena de chocolate por qué he de pagar esa barbaridad». «Es la parte alícuota del total de las ventas realizadas durante la semana, —le responde con didáctica confuciana el chino Parménides, dueño del colmado que hay junto al campo de deportes de Coronel Pringles— no existen clientes, sino El Cliente; no hay compras, sino La Compra». «Pues ahí se queda la botella y el bollo, me largo al de Heráclito».

jueves, 26 de octubre de 2017

Dietario de sensaciones, 36



Dormida aún en sus dobleces descubro la chaqueta en el fondo del armario. Se estira, cuando la despliego, un poco incrédula de que las haya despertado de su letargo, pero se aviene enseguida a cubrir los brazos de la súbita caída de las temperaturas. Qué recuerdos afloran con la chaqueta: los días en que saludaba el ir olvidando prendas en casa a la hora de salir. Ahora agradezco el frescor del día que la ventana cuela como aviso de que una camisa no va a ser suficiente. Contenta de abrigarme y yo de que me abrigue, partimos hacia el otoño.

lunes, 23 de octubre de 2017

2005 - «Soliloquio para dos»



Ni la profusión de la lluvia chorreando en las cristaleras lograba ser más rápida colocando gotas en el cuadrilátero que Walt Whitman insertando tipos en la forma. Hubo quien se había jugado el jornal por incrédulo. Bastaba que llegara desde la puerta su voz a la sala sucia, húmeda, de la imprenta para que los empleados se irguieran de golpe temiendo ya la avalancha de pliegos por calzar bajo el tórculo. No quiero aprendices, le gruñó de espaldas a Eduardo, mozalbete grandullón aficionado a las cajas tipográficas, pero se dio la vuelta y se sorprendió a sí mismo pidiéndose trabajo.

sábado, 21 de octubre de 2017

2004 - «Paradoja del interventor»



—Billetes, por favor… ¿Me muestra el suyo, joven?
—Me llamo Gonzalo.
—Me parece perfecto. ¿Y su bono?
—Antes deberíamos presentarnos.
—El interventor, un placer. ¿Y ahora, su boleto?
—Ah, ya lo veo en su placa: Bernhard T. ¿Qué es T.?
—¿Título de Transporte, tal vez?
—Lo dudo, nadie se llama así.
—Tampoco nadie viaja sin billete en mi tren.
—Bueno… Claro… Verá…
—Veo.
—El caso es que no quería ir a ninguna parte, pero tampoco quería quedarme en cualquier sitio. No sabían qué billete venderme.
—Ya.
—Solo me sienta bien ir de un lado al otro, en su tren, Thomas.

jueves, 19 de octubre de 2017

2003 - «Mirar la Nada, ver a Dios»



Ah, la mañana en la que Rui entra en el autobús, ve un asiento libre junto a la ventanilla y va a sentarse. Ah, de la parada en la que sube un muchacho con camisa y pantalones de lino blanco y la pierna vendada. Tan joven y con tan agotado gesto. Ah, del instante en el que Rui le ve renquear entre asientos ocupados y al instante le cede el suyo, donde ha estado contemplando la nada. Por favor. Arthur Rimbaud le saluda con toda la claridad que atesora su mirada. Y agradece heredar lo que había dejado en herencia.

lunes, 16 de octubre de 2017

2002 - «Ciego Montero, ¿dónde te metes?»



No habla con nadie. Se sienta solo en un banco y deja que los tilos, desde su abulia, le contemplen. Dicen que es jubilado de los ferrocarriles. De la línea del Norte. Pero no sé si es cierto. Samuel, dicen también que se llama, Samuel Beckett. Quién sabe. Nadie lo trataba hasta que apareció por los columpios aquella niña pizpireta. Isabel, su nombre. Subía, bajaba por el tobogán sin descanso. Fue necesario que se acercara, le arrebatase la mano y se fueran los dos a pasear por el sendero de las petunias para que supiéramos que el viejo sabía sonreír.

jueves, 12 de octubre de 2017

Coro de ausentes | JILGUERO


De las palabras que ha sembrado
la escritura en macetas
nacen días o noches,
un tiempo tan fugaz y evanescente
como las frases que germinan son
difíciles de concretar.
Un sin tiempo, mejor,
y un sin significado que se unen
para trenzar antiguas
umbrías en lo que una fuente escribe.
Un no tiempo y un no lenguaje.
Un sentido que solo reconozca
acaso quien lo vio nacer.
O que ese nacimiento sea
su único sentido. Una manera
de comprender la vida en el vivir.
Una forma de estar aquí,
a solas, pero junto a los demás.
Cerca y más lejos.

martes, 10 de octubre de 2017

Coro de ausentes | DESCUBRIMIENTO


Encontrar. A lo largo
del día y a lo ancho de la noche.
En cualquier sitio donde esté
encontrar algo que ya sea propio.
El vuelo de una garza
sobre el cañaveral. La luz
del poniente que juega al escondite
detrás del campanario. Un brote
de pino que se fuga
del bosque. A veces veo
palabras. Unas son desconocidas;
otras, sucias. Se limpian con fervor,
se les devuelve su significado
y se colocan dentro de una frase
de nuevo. Así, encontrar
es la manera 
de sentir el latido
de la vida. Y cuando atardece,
cada día, encontrarse
uno consigo mismo.

lunes, 9 de octubre de 2017

Coro de ausentes | VELETA


El viento habla con el muro
de vez en cuando. Le propone
ir de aquí para allá,
no asentarse en ningún lugar,
abandonarlo todo.
Disfrutar la aventura
del movimiento que no cesa.
No tener una casa
para entrar en la de cualquiera.
El muro escucha, sí, pero no presta
atención, porque ya conoce
su monserga, tan vieja como el alma.
Le preocupe más la vida
de las flores menudas
que entre sus ranuras crecen en abril
y trata el viento de arrastrarlas
en su parranda. Ingenuas
quisieran admirarlo. Al que se va
cuando los días permanecen,
y no se sabe a dónde.

sábado, 7 de octubre de 2017

Becqueriana / 117



El dulzor de la saliva ha dejado sobre la piel un poema. Leve rastro de humedad que traza sensaciones y estremecimientos. Médula que da vida a los versos. Rayo que vierte su luz sobre el papiro de los cuerpos y deja un cuenco de silencio al pie del tiempo. Laberinto de brazos y piernas que caligrafían la letra de un alfabeto desconocido, que se aprende en cada abrazo para poder leer los instantes sin texto. Caracola del deseo que ha recorrido las voces con ojos cerrados y a su paso ha dejado por escrito lo que no ha necesitado escritura.

jueves, 5 de octubre de 2017

Becqueriana / 116



Sobre el tendido eléctrico los pájaros revelan la partitura musical de la mañana en la pared donde la sombra del primer sol los dibuja. Si emprenden el vuelo, su escritura se expande por el cielo y se convierte en un morse que transmite urgentes citas de Heráclito en el frontispicio del mediodía. Entre las ramas, su piar menudo inaugura la tarde con la métrica hexasilábica de una canción tradicional donde una muchacha habla de amores emboscada entre las hojas de las metáforas. Y al anochecer, aves oscuras describen con la caligrafía de los encuentros el instante de entrelazar las manos.

martes, 3 de octubre de 2017

Coro de ausentes | BANDEJA


Cien palabras para un poema.
Se seleccionan y se limpian
sentidos figurados,
se secan con el paño
de la fonética. Se distribuyen
en frases, se sazonan con diversos
signos de puntuación.
Se cocinan a fuego lento.
En otro recipiente más pequeño
se hierve una mirada.
Lo que los ojos ven sobre la mesa
donde se escribe, lo que se contempla
por la ventana, lo que evocan
las imágenes en el escenario
de la memoria. En este punto
de ebullición su contenido
se vierte en las palabras.
Se sirve con caligrafía
enrevesada, cejijunta.
Por encima, unas gotas de café sin azúcar.

domingo, 1 de octubre de 2017

La vendimia


Al caer la noche los cestos apilados esperan el último viaje del tractor. Forman un bulto de sombra en mitad del camino. Los hombres se sientan en el suelo y algunos sacan un cigarrillo y fuman. Las vendimiadoras ríen en corro mientras los últimos rayos del día les iluminan el cansancio del rostro. Las vides parecen levitar, sin frutos entre las hojas y ahora, ya, solitarias tras un día de trasiego. Exultante, el dueño va de unos a otras, saluda y reparte sonrisas. Ha contado los cestos y ha multiplicado. Solo para él, es la noche de fin de año.

jueves, 28 de septiembre de 2017

El dependiente


Por norma general un minuto antes de cerrar entra un cliente. Aquella tarde, dubitativo. Y para colmo con las prisas la persiana del colmado se atascó. Llamé al dueño: «Número desconectado o fuera de cobertura». ¿Quién se larga pensando que desvalijarán la tienda? Compré un kebab, me senté en el suelo a vigilar. Se acercó a husmearme un chucho. La correa. Detrás, la chica. Me sonrió al ver que le sonreía al perro. Me dijo: Cuéntame algo. No iba a contarle mi vida, así que eché mano de la imaginación. Se quedó conmigo y luego todas las noches desde entonces.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Coro de ausentes | ZAGUÁN


La partitura de los versos son
las sílabas, mínimos
granos de luz que emiten
destellos. Cuando se consigue
dominar la secuencia del vaivén
lumínico, el poema suena
como un arroyo al descender
apresurado en la ladera.

La partitura del arroyo es

la mirada de quien contempla.
En su fugacidad constante
descubre la quietud de un ritmo y ve,
en lo perdido, lo que permanece.
El día.

La partitura de los días son

las palabras, las mismas siempre
y siempre diferentes.
El gesto de la mano al escribirlas,
de los ojos cuando se cierran
para ver lo que están ahora viendo.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Dietario de sensaciones, 35




Aquel tableteo había sido la música de la escritura. Una melodía áspera, tumultuosa, que acababa con un rumor ronco de rodillo al arrojar el silencio en el que quedaba lo mecanografiado entre las manos. Cada letra había producido una hendidura en la hoja; mientras la vista la repasaba por delante, las yemas de los dedos que la sujetaban la sentían por el reverso. Hoy, ya olvidada para el quehacer, se ha convertido sobre un estante en objeto decorativo, el destino de cualquier máquina que la época haya abandonado. Con pantallas se escribe ahora mucho más rápido, pero deja menos tiempo.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Coro de ausentes | TURBA


Animal irritado,
el invierno desvela.
Las ráfagas de agua
contra los vidrios. Viento que enloquece
la copa de los árboles en las calles.
La cama se transforma en balsa
que las olas someten
a su capricho. El sueño, un invitado
cuya ausencia abandona
el mantel extendido,
en orden los cubiertos,
los platos limpios, gélido
y lleno el cuenco de la sopa.

Un animal herido que despliega

su nihilismo por las noches.
Revuelve sábanas y pensamientos,
altera percepciones. Desorienta.
Destierra los silencios.

En la memoria busco un mástil

de velero abismándose
que me sujete como a náufrago
de cómic infantil.